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La única palabra hebrea para «arrepentimiento» utilizada en el libro de Jonás —*sub* (volverse)— aparece exclusivamente en esta sección del libro. En dos ocasiones describe a los ninivitas (Jonás 3:8, 10), quienes se apartan del mal; pero en otras dos ocasiones, Dios es el sujeto del verbo (Jonás 3:9). Dios también se vuelve.
Nínive se arrepintió y —en respuesta— Dios hizo lo mismo.
El arrepentimiento de Nínive
Desde el momento en que Jonás entró por primera vez en la ciudad, su mensaje fue bien recibido. La gente «creyó a Dios» y respondió con actos de duelo y arrepentimiento. Cuando la noticia llegó al rey, este respondió de la misma manera. Jonás 3:7-9 nos ofrece una ventana al corazón del rey (y, presumiblemente, también al del pueblo), al permitirnos observar la naturaleza de este arrepentimiento y la esperanza que conlleva.
Podríamos caracterizar este arrepentimiento como: (1) público, (2) comunitario, (3) radical, (4) demostrativo y (5) orante.
El arrepentimiento de Nínive no es una confesión privada, sino un reconocimiento público. Se manifiesta en forma de una proclamación real que abarca a toda la ciudad y a todo cuanto hay en ella (incluidos los animales). Por consiguiente, se trata de un acto de arrepentimiento comunitario, dado que la ciudad entera participa en estos actos de penitencia.
Es radical en su práctica. El ayuno puede adoptar diversas formas: algunos ayunos se limitan a una parte específica del día (por ejemplo, las horas de luz diurna), mientras que otros solo restringen el consumo de determinados alimentos o bebidas. La proclamación real, sin embargo, ordena un ayuno radical: ¡nada de comida, nada de agua, nada de probar bocado! El cambio de vestimenta no es solo radical, sino también demostrativo. Todos —sin distinción de rango, desde el rey hasta sus súbditos— vistieron las mismas ropas. Se trata de una humildad radical y demostrativa ante Dios, la cual simbolizaba la igualdad de estatus de la ciudad frente al Creador. Nadie gozaba de privilegios en virtud de su posición social.
Este arrepentimiento es también vocal: la ciudad oró; «clamaron a gran voz» (es decir, oraron con vigor, fuerza y energía). Aquello que Jonás se negó a hacer a bordo del barco (Jonás 1:6) —y que, en cambio, sí hicieron los propios marineros (Jonás 1:14)— es precisamente lo que Nínive hace ahora: clamar a Dios. Una vez más, son las naciones las que sirven de modelo a Israel sobre cómo arrepentirse y volverse a Dios, y no a la inversa.
El objeto de su arrepentimiento —y, por ende, también de su confesión— son sus propios «malos caminos» y «la violencia» de sus «manos» (Jonás 3:8). Nínive confiesa el «mal» (*ra’*) que Yahveh vio cuando Jonás recibió su comisión (Jonás 1:2). Su confesión incluso especifica este mal: la «violencia». Esta palabra describe a menudo la condición humana en las Escrituras, desde el mundo de Noé (Génesis 6:11-13) hasta la propia tierra de Israel (Jeremías 20:8; Ezequiel 7:23; 8:17; Amós 3:10; Miqueas 6:12; Habacuc 1:2). Para Asiria, este constituía el pecado de su imperio, el cual era bien conocido y temido por su brutal violencia.
A pesar de su historia de maldad y violencia —incluyendo los desastres que infligieron a otras naciones—, el mensaje de Jonás ofrecía esperanza. Ellos se arrepienten, confiesan y oran pidiendo misericordia a la luz de esta esperanza. Sin embargo, reconocen que su arrepentimiento no obliga a Dios ni lo pone en deuda con ellos. Si Dios salva, es debido a la misericordia de Dios, y no a su propio arrepentimiento. Su arrepentimiento no le dicta a Dios, sino que abre una puerta para la misericordia divina. «¿Quién sabe?». Quizás Dios salve. Dios es soberano, y es decisión de Dios salvar o no hacerlo. Nada de lo que hagan los pecadores arrepentidos podrá jamás encasillar a Dios ni limitar su soberanía.
Arrepentimiento cósmico
Una de las características curiosas de esta historia es la inclusión de los animales en estos actos de penitencia. No solo se ordena a los rebaños y manadas ayunar junto con los ninivitas, sino también vestirse con cilicio. Esto, sin embargo, resulta más una curiosidad para la mentalidad moderna que para los lectores de la Biblia hebrea.
La Biblia hebrea incluye de manera constante a los animales, tanto en la alabanza al Creador como en el lamento por la condición humana y por la devastación ambiental que los seres humanos traen al mundo. Un ejemplo de alabanza es el Salmo 148, un texto clásico en el que se convoca a toda la creación a alabar a Dios; este pasaje fue popularizado por el antiguo himno «Aleluya, alabad a Jehová». Un ejemplo de lamento se encuentra en Joel 1:10, donde la «tierra se enluta» tal como lo hacen los sacerdotes (Joel 1:9). Las Escrituras están repletas de imágenes tanto de alabanza cósmica como de gemido cósmico.
Dada esta narrativa bíblica, no resulta sorprendente que se incluya a los animales. Ellos también participan en el duelo de Nínive por la violencia de su cultura. La creación gime ante la maldad humana y se enluta por la violencia de los hombres, pues dicha violencia la devasta. La tierra perece a causa de las acciones de los seres humanos (Oseas 4:1-3).
En consecuencia, los animales ayunan y se visten con cilicio junto con los ninivitas.
El arrepentimiento divino
Dios se arrepiente (se vuelve, *sub*).
Nínive espera que Dios «se vuelva y cambie de parecer» (Jonás 3:9).
Nínive espera que Dios «se aparte de su ardiente ira» (Jonás 3:9).
Además, Dios no solo «se vuelve», sino que «cambia de parecer» (*nacham*). Esto también se afirma en dos ocasiones.
Nínive esperaba que Dios «cambiara de parecer» (Jonás 3:9).
Y, de hecho, «Dios cambió de parecer» (Jonás 3:10).
Por supuesto, ninguno de estos términos implica un «arrepentimiento» que conlleve apartarse de algún mal moral, como si Dios hubiera pecado. No se trata de «pesar por el pecado». Más bien, describe cómo Dios «se volvió» de un curso de acción hacia otro distinto. En este sentido, Dios «cambió de parecer». Dios decidió hacer algo diferente —debido al cambio de las circunstancias— de lo que tenía previsto hacer anteriormente si las circunstancias hubieran permanecido inalteradas.
«Arrepentirse» es, pues, un término equívoco cuando se aplica a Dios. Dios no se aparta de cometer pecado, ni tampoco «cambia de parecer» con respecto al pecado. Más bien, Dios se aparta del juicio sobre el pecado, el cual se manifiesta en forma de «calamidad» o «desastre» que Dios podría enviar sobre un pueblo pecador y rebelde. Literalmente, «calamidad» es una palabra hebrea que a menudo se traduce como «mal» (*ra’*), pero el término posee un sentido amplio que abarca cualquier suceso desastroso, trágico o catastrófico. Con frecuencia, la palabra se traduce simplemente como «tribulación».
En consecuencia, muchas traducciones emplean el concepto de «ceder» o «desistir» en lugar de «arrepentirse» al referirse a Dios. Ante un pueblo rebelde y obstinado, Dios tiene la intención de enviar sobre ellos sucesos calamitosos («males») como acto de juicio divino. Sin embargo, cuando el pueblo se arrepiente —como hizo Nínive—, Dios cede. En lugar de juicio, Dios muestra misericordia.
Esto, según la narrativa, constituye un «cambio de parecer», que es el significado básico del verbo hebreo *nacham*. Dios cambia de parecer en respuesta a una nueva situación. Dado el arrepentimiento de Nínive, Dios muestra misericordia, mientras que anteriormente estaba decidido a «derrocar» a Nínive si persistían en su pecado.
La predicación profética a menudo está condicionada por la respuesta del pueblo. El ejemplo clásico de esto se encuentra en Jeremías 18:5-11 (NRSV; véase también Jeremías 26:3, 13, 16):
Entonces me llegó la palabra del Señor: «¿Acaso no puedo hacer con ustedes, oh casa de Israel, tal como ha hecho este alfarero? —dice el Señor—. Al igual que la arcilla en la mano del alfarero, así son ustedes en mi mano, oh casa de Israel. En un momento dado, puedo declarar acerca de una nación o de un reino que lo arrancaré, lo derribaré y lo destruiré; pero si esa nación, acerca de la cual he hablado, se aparta de su maldad, yo cambiaré de parecer respecto al desastre que tenía la intención de traer sobre ella. Y en otro momento, puedo declarar acerca de una nación o de un reino que lo edificaré y lo plantaré; pero si hace lo malo ante mis ojos, sin escuchar mi voz, entonces cambiaré de parecer respecto al bien que tenía la intención de hacerle. Ahora, pues, di al pueblo de Judá y a los habitantes de Jerusalén: “Así dice el Señor: Miren, soy un alfarero que moldea el mal contra ustedes y trama un plan en su contra. Apártense ahora, todos ustedes, de su mal camino, y enmienden sus caminos y sus obras”».
Esto, podríamos decir, es el *modus operandi* de Dios; es decir, la manera en que Dios se relaciona con las naciones. El modo en que Dios trata a una nación está condicionado, en parte, por la forma en que esa nación responde a los profetas de Dios.
El «volverse» («arrepentimiento») o «cambio de parecer» divino es una función de la naturaleza relacional de Dios; Dios responde a la humanidad en la medida en que vive en relación con ella.
Independientemente de cómo se interprete el punto teológico referente al «cambio» de Dios, la narrativa enfatiza la respuesta divina. ¡Dios «no lo hizo»! Dios mostró misericordia en lugar de juicio. Dios rescató a Nínive, tal como Dios había rescatado a Jonás.
La apertura divina
En la teología evangélica reciente, este texto —como uno entre muchos textos similares— se ha convertido en el centro de debate, mientras que los «teístas abiertos», los «arminianos clásicos» y los «teólogos reformados» discuten sobre la naturaleza de la relación de Dios con los acontecimientos contingentes (sucesos como el arrepentimiento de Nínive y la respuesta de Dios ante él).
El teísmo abierto afirma tomar este lenguaje en serio y sugiere que dicha terminología es «clara y directa»: Dios «cambió de opinión». Dios interactúa con la situación, y su plan se modifica a medida que la situación cambia. En este sentido, Dios se enfrenta a «un futuro parcialmente abierto». Dios «no controla ni conoce de antemano, con exactitud, lo que va a suceder» (Greg Boyd, *God of the Possible*, pp. 14, 85). Afirmar que el futuro es abierto equivale a decir que los ninivitas tenían la opción de elegir entre arrepentirse o negarse obstinadamente a hacerlo; y que Dios, en respuesta, también disponía de opciones entre las cuales elegir. El futuro no estaba predeterminado, sino abierto. En otras palabras, Dios no había preordenado si Nínive se arrepentiría o no. Cuando Jonás entró en Nínive, ni siquiera Dios sabía cómo responderían los ninivitas.
La teología reformada considera que este lenguaje es de carácter acomodaticio; es decir, que Dios no «cambia de opinión» en sentido literal, sino que tan solo *parece* «cambiar de opinión» desde nuestra perspectiva finita y situada. En última instancia, para la teología reformada, Dios ya había predeterminado y decretado lo que iba a suceder en esta situación y, por consiguiente, Dios no «cambió de opinión» literalmente, sino que ejecutó el plan tal como lo había determinado de antemano. Cuando Jonás entró en Nínive, Dios no solo sabía cómo responderían los ninivitas, sino que, de hecho, ya había decidido cuál sería su respuesta.
Por un lado, la teología reformada tiene un punto válido. Todo lenguaje referente a Dios es acomodaticio, dado que nada dentro del lenguaje humano puede revelarnos de manera plena y exhaustiva lo que realmente acontece en la propia mente o vida de Dios. El hecho de que Dios «cambiara de parecer» o «desistiera» de un propósito previo puede ser tan acomodaticio como la afirmación de que «el Señor descendió para ver la ciudad y la torre» (Génesis 11:5). Lo primero no implica necesariamente que Dios se viera sorprendido —o que desconociera— la manera en que responderían los ninivitas, del mismo modo que lo segundo no implica que el Señor ignorara lo que se tramaba en Babel mientras construían la torre. Dios no tuvo que «descender» literalmente para ver la torre, y tampoco significa necesariamente que Dios «cambiara de parecer» en un sentido literal. Dicho lenguaje no sugiere que Dios desconociera la respuesta de los ninivitas; simplemente indica cómo respondió Dios ante el arrepentimiento de ellos.
Por otro lado, la función de la narrativa consiste en afirmar la autenticidad de la respuesta divina ante el arrepentimiento de Nínive. Esta afirma la naturaleza relacional de Dios e ilustra la manera en que Él interactúa con la humanidad en el transcurso de la historia. La predicación de Jonás, el arrepentimiento de Nínive y la misericordia de Dios no parecen estar predeterminados. Por el contrario, la narrativa pone de relieve la interacción relacional entre las partes involucradas en el relato, y lo hace de manera enfática, recurriendo a la repetición de términos para acentuar dicho énfasis.
El teísmo abierto postula que la presciencia divina impide una interacción relacional auténtica; por su parte, la teología reformada excluye toda contingencia (o libertad) genuina, al adoptar una postura determinista (en el sentido de que Dios habría decretado la totalidad de los acontecimientos). Considero que es posible sortear los dos extremos de este dilema afirmando simultáneamente la contingencia y la presciencia divina (tal como lo hace el arminianismo clásico).
Si bien Dios conocía de antemano la respuesta que darían los ninivitas, fueron ellos —y no Dios— quienes efectivamente respondieron (Dios no determinó dicha respuesta). Al responder los ninivitas de manera apropiada, las circunstancias se modificaron y, en consecuencia, Dios «cambió de parecer», transitando del juicio a la misericordia. Este cambio de parecer refleja una situación distinta, la cual forma parte del designio divino intrínseco tanto a la narrativa bíblica como a la historia de la relación de Dios con la humanidad, e incluso a la propia «mente» de Dios. Este rasgo constituye una faceta del carácter divino, y corresponde exactamente a aquello que Dios sabía de antemano que haría si los ninivitas respondían con arrepentimiento.
Aunque Dios supiera lo que harían los ninivitas antes de que lo hicieran (lo cual es la naturaleza del conocimiento divino), Dios lo sabía porque los ninivitas lo hicieron. Dios no determinó que lo hicieran. Y Dios sabía lo que Él mismo haría si los ninivitas se arrepentían.
Por lo tanto, en un sentido, el futuro estaba abierto. Los ninivitas tenían una elección. Cuando los ninivitas cambiaron de parecer, Dios cambió de parecer en respuesta.
En otro sentido, el futuro no estaba abierto. Dios respondió a su elección de manera coherente con Su propio carácter. El carácter de Dios no cambia y, en este sentido, la mente de Dios no cambia como los seres humanos «cambian de parecer» (cf. Números 12:19; 1 Samuel 15:29).
En un sentido, la narrativa es acomodaticia. Dios es descrito desde dentro del horizonte de la propia narrativa. Dios no es descrito desde la perspectiva de la eternidad o la infinitud divinas. En otras palabras, este texto trata sobre la relacionalidad más que sobre la presciencia. No niega la presciencia ni las cualidades trascendentes de Dios; más bien, simplemente opera dentro de un marco narrativo que describe cómo responde Dios a los seres humanos.
De este modo, la narrativa dice algo verdadero (de manera análoga) acerca de Dios. Dios se relaciona auténtica y verdaderamente con los seres humanos en su contingencia, como alguien que vive en relación con los demás. Dios responde a las elecciones humanas, y estas elecciones marcan una diferencia real en la forma en que Dios responde.
El hecho de si Dios conoce de antemano estas elecciones es irrelevante para el propósito del texto. Sin embargo, si uno decide —filosófica o teológicamente— que la presciencia conlleva determinismo (como hacen tanto los teístas abiertos como los teólogos reformados), entonces debemos trasladar la discusión a otro nivel. No creo que conlleve tal cosa, pero ese debate tiene una larga y tormentosa historia a lo largo de los siglos.
En lo que respecta al texto que tenemos ante nosotros, sin embargo, este afirma que «Dios cambió de parecer». Esto no niega la presciencia, pero sí afirma la relacionalidad divina. Dios responde a las elecciones humanas desde Su propio carácter y soberanía.