Leyendo a Jonás

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«Vino palabra de Jehová a Jonás hijo de Amitai» (1:1)

Compañeros de travesía: este libro, que consta de tan solo cuatro capítulos —cuatro brazas—, es uno de los hilos más diminutos del poderoso cable de las Escrituras. ¡Y, sin embargo, qué profundidades del alma sondea la honda sonda de Jonás! ¡Qué lección tan fecunda encierra para nosotros este profeta! ¡Qué cosa tan noble es aquel cántico entonado en el vientre del pez! ¡Cuán semejante a las olas y cuán ruidosamente grandioso!

Herman Melville, *Moby Dick*, capítulo 9

Muchos de nosotros conocemos la historia por la escuela dominical, pero esta forma también parte de la cultura occidental. Todo el mundo, al parecer, tiene cierta familiaridad con «Jonás y la ballena: el gran cuento del pez». El amplio atractivo de la historia de Jonás resulta evidente. Esta se halla entretejida en el gran clásico estadounidense *Moby Dick*, y es, asimismo, una de las historias favoritas de los niños. Desde las novelas clásicas hasta los relatos bíblicos infantiles, el encuentro de Jonás con el «gran pez» despierta nuestro interés, aun cuando algunos no se traguen el cuento.

¿Quién es Jonás?

La primera línea del libro, citada anteriormente, no nos revela casi nada sobre Jonás. Que sepamos poco acerca de un profeta no resulta inusual; sin embargo, lo verdaderamente curioso es que el libro que lleva su nombre no nos cuente prácticamente nada sobre él, a diferencia de lo que ocurre con otros profetas cuyas obras han sido registradas por escrito (como, por ejemplo, Amós).

No obstante, al parecer, Jonás fue una figura muy conocida en su época. Bastaba simplemente con referirse a él como «Jonás, hijo de Amitai». Su fama se ve confirmada en 2 Reyes 14:23-27, el único otro pasaje de la Biblia hebrea que hace referencia a Jonás. Gracias a este texto, sabemos que Jonás ejerció como profeta durante el reinado de Jeroboam II y que provenía de la ciudad de Gat-hefer, situada en el territorio de Zabulón —en la región de Galilea—, no muy lejos de la localidad que, en la época romana, pasaría a conocerse como Nazaret.

En 2 Reyes 14:23-27, Jonás proclama la intención divina de conceder a Israel un periodo de sosiego en su propia tierra, tras varios años de amargo sufrimiento. El ascenso al trono del rey Jeroboam II (789-748 a. C.) —el monarca que ostentó el reinado más prolongado en la historia de Israel (el Reino del Norte)— marcó la recuperación de las fronteras septentrionales de Israel, tal como habían sido en tiempos de Salomón. Bajo el gobierno de Jeroboam II, el reino disfrutó de un periodo de prosperidad y paz. Según el testimonio recogido en 2 Reyes, Jonás fue un profeta fiel, a cuyas palabras el pueblo prestó atención durante aquella época.

Sin embargo, la obra literaria conocida como el *Libro de Jonás* es de autoría anónima: no se atribuye a ningún autor en particular y carece de una fecha de composición explícita. Se estima que su redacción pudo tener lugar en algún momento entre los siglos VIII y IV a. C. Basándose en criterios lingüísticos, muchos estudiosos sitúan la composición del libro en el periodo postexílico, una hipótesis que bien podría ser correcta. 

El contexto de Jonás.

Si bien no existe una forma verificable de asignar una fecha a su composición, las circunstancias históricas se hallan firmemente arraigadas en el siglo VIII a. C.

Jeroboam II fue un descendiente de cuarta generación de Jehú (842-815), quien es mencionado en el Obelisco Negro del emperador asirio Salmanasar III (858-824): «Recibí el tributo de los habitantes de Tiro, de Sidón y de Jehú, hijo de Omrí». Esto indica que Asiria era una potencia dominante unos cuarenta años antes del reinado de Jeroboam II. Sin embargo, durante el reinado de Jeroboam II, la hegemonía asiria había menguado debido a conflictos internos; aunque, hacia el final de su reinado, los asirios volvían a amenazar las fronteras de Israel.

Durante el ministerio profético de Jonás, al parecer, Asiria se encontraba en una fase de estancamiento, si bien su poder estaba a punto de resurgir. Cabe imaginar que Jonás no deseaba alentarlos, pues sabía que oprimirían a Israel. Tal como se señala en 2 Reyes 14:23-27, Dios había renovado su misericordia y bondad hacia Israel, y Jonás no quería contribuir a que tal renovación de misericordia y gracia se extendiera también a Asiria.

Como escribió Elie Wiesel, Jonás «no desea que Nínive perezca, pero tampoco desea que Nínive sobreviva a expensas de Israel» (*Five Biblical Portraits*, 154). Lo que Jonás temía, tal vez, era precisamente lo que le ocurrió a Elías. Cuando se le ordenó a Elías ungir a Hazael como rey de Aram (Siria), este no lo hizo (1 Reyes 19:15). Cuando Eliseo, el sucesor de Elías, finalmente lo hizo, rompió a llorar (2 Reyes 8:7-13), y, a la postre, Hazael terminó oprimiendo a Israel (2 Reyes 13:22). Esto es, quizás, lo que teme Jonás; del mismo modo que, probablemente, toda la nación de Israel temía la reactivación del poder asirio en la región.



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